En 2007 mi madre cogió un puesto en el Mercado de Nuestra Señora de África, en Santa Cruz, y se empeñó en algo que entonces parecía una locura: vender solo vino canario.
Le dijeron que no se vendía, que no estaba bueno, que se olvidara.
No les hizo caso.
Yo tenía catorce años y la veía defender, botella a botella, lo que en casa ya sabíamos: que aquí se hacen vinos que no se hacen en ningún otro sitio del mundo.
Años después me enamoré del Mercado de Vegueta, en Las Palmas, y abrimos allí nuestra segunda tienda.
Hoy entre las dos tenemos, probablemente, más referencias de vino canario que ningún otro sitio del planeta (eso lo dice mi madre, pero yo lo firmo).
Bodegas grandes, microbodegas, ediciones limitadas, espumosos, dulces, joyas que se hacen en mil botellas y desaparecen en un mes.
Si existe en estas islas, lo tenemos.
Y si no, te lo conseguimos.
Para mí el vino canario no es ni elitista, ni difícil, ni caro de más. Es cultura, paisaje y memoria. Y se merece estar en tu mesa, no escondido detrás de un Rioja porque alguien te dijo alguna vez que "el de aquí no está bueno".
Spoiler: sí lo está. Y mucho.